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SEMBRAR EL TERROR
“En lengua guaraní ñe’ê significa ‘palabra’ y también significa ‘alma’. Creen los indios guaraníes que quienes mienten la palabra, o la dilapidan, son traidores del alma", Eduardo Galeano. Cita que prologa este artículo escrito en 2015 acerca del plan desestabilizador contra el gobierno K, por los mismos que lo hicieron contra Raúl Alfonsín.
Por Leopoldo Moreau (*)
El terrorismo mediático es el mayor enemigo de los gobiernos populares en nuestro continente. Asombra el accionar mafioso de los grupos concentrados, de los medios hegemónicos, de los operadores financieros que, una y otra vez, tratan de imponer sus propios intereses sobre los del pueblo, especialmente, las franjas más vulnerables.
Siempre están despiertos y predispuestos a la hora de sembrar pesimismo y desparramar incertidumbre.
La globalización, hasta hoy sustentada ideológica y prácticamente en el fundamentalismo neoliberal que parece librar más una guerra contra los pobres que contra la pobreza, no sólo neutralizó, particularmente en los países en vías de desarrollo, los esfuerzos democráticos, sino que en algunos casos los hizo retroceder o los ha puesto en severo riesgo.
Esto es así porque el programa neoliberal, que extrae su fuerza social del peso económico creciente de aquellos cuyos intereses representa
(accionistas, fondos de inversión, operadores financieros, grupos mediáticos y políticos de derecha), tiende globalmente a favorecer la ruptura entre la economía y las realidades sociales.
Se inunda la conciencia colectiva de los pueblos con la idea del cambio de rumbo, pero de un cambio que los favorezca a ellos. No se habla ni se escribe sobre cómo construir un sistema a escala mundial de redistribución social, de la necesidad de la preeminencia de los fines sociales por sobre los medios económicos. Muchas veces se pone en duda, o sencillamente se descalifica, lo que escriben o dicen aquellos
que se identifican con un pensamiento nacional, popular, progresista y democrático, ya que sus miradas son tildadas de “ideologizadas” como si se tratara de un pecado o porque supuestamente carecen de fundamentos técnicos.
Por el contrario, la opinión de ciertos columnistas de grandes diarios o economistas, que se repite en los medios hasta el hartazgo, es considerada infalible, técnicamente intachable y, por lo tanto, repetida como verdad absoluta por otros comentaristas de la realidad y por no pocos ciudadanos de a pie.
En estos días, la consigna de moda es sembrar el terror acerca de todos los “males” que lloverían sobre los argentinos si no se cambia el rumbo económico que ha marcado este gobierno, y se practican continuas operaciones de prensa para descolocar y debilitar al Estado argentino frente a los enemigos del interés nacional.
¿Y en qué contexto se desarrollan estos ataques mediáticos? Argentina posee extraordinarios recursos naturales. Tiene uno de los reservorios de agua potable –el Acuífero Guaraní– más importante del mundo, una riqueza minera –incluido el litio– significativa, recursos
importantísimos –Vaca Muerta mediante– de gas y petróleo de explotación no no convencional, y un enorme potencial como reserva alimentaria del planeta. Estas ventajas constituyen para las futuras generaciones una oportunidad inigualable, pero también un riesgo. Una oportunidad porque es una riqueza que a través de un modelo de equidad en el reparto puede hacer que nuestro pueblo goce de un elevado nivel de vida.
Pero también estas excepcionales condiciones constituyen un riesgo, porque hay quienes quieren venir por ellas. Y aquí está claro a dónde se dirige esta carrera mediática en pos de la destrucción y socavación de un gobierno popular.
¿Cómo defender y maximizar esos recursos? Esa es la pregunta clave de estos tiempos.
El interrogante tiene muchas respuestas desde lo económico, lo social e incluso desde lo cultural. También se puede esbozar una respuesta desde lo político: las fuerzas que están en condiciones de cumplir esa tarea son las que –más allá de sus errores o retrocesos– han estado emparentadas con lo nacional, popular y democrático.
Hace falta reunir mucha masa crítica para defender, en el mundo que transitamos y al que vamos, tanta riqueza y, sobre todo, para asegurarnos que irá a parar a manos de nuestro pueblo y no a llenar las arcas de grandes corporaciones o alimentar el poder de países que quieren sostener su hegemonía a cualquier precio.
Haciendo un poco de revisión histórica, se puede palpar ese modo de comportamiento de los grupos hegemónicos que no dudan en avasallar los derechos populares. Toda América latina ha sufrido en carne propia el avance desmedido y el embate despiadado de las operaciones de prensa, orquestadas únicamente para hacer oír sinfonías de pesimismo, de desazón, de desinterés, de descreimiento e incluso de odio.
El avance global de políticas neoliberales va de la mano de esta necesaria instrumentación de un estado de caos. El individuo queda indefenso frente al bombardeo lacerante de noticias que van minando sus expectativas, sus sueños, sus deseos. Y ese es el triunfo de dicha implementación: limitar la democracia para que los derechos no lleguen a todos, sino que sigan siendo patrimonio exclusivo de unos pocos grupos concentrados.
A la luz de la historia, no hay duda de que el fogoneo para que esto ocurra es una constante. Todos recordamos (y los radicales más que ninguno) cuando (Domingo) Cavallo en 1989 salió a recorrer los centros financieros internacionales para impedir que le concedieran préstamos, en algunos casos ya otorgados –el Banco Mundial, por ejemplo–, al gobierno de Raúl Alfonsín para que no pudiera recomponer las reservas del Banco Central y se acelerara la devaluación y la inflación.
En ese terrorismo, preparatorio del golpe de Estado económico del que la prensa se hizo eco una y otra vez, lo acompañó Guido Di Tella, quien, en nombre del candidato triunfante, Carlos Menem, anunció que “el país necesitaba un dólar muy alto”. También en aquel momento las cerealeras y los acopiadores no liquidaban exportaciones.
Uno se podría preguntar cuál es el interés de estos grupos al provocar tremendo caos. Desde ya, desgastar al gobierno de turno, desacreditar determinadas políticas y, por ende, defender mejor determinados intereses corporativos o de sector, pero, por sobre todas las cosas, “escarmentar” al gobierno que viene y advertirle “con quién y para quién” tiene que gobernar. Y, por supuesto, los grandes titulares de los diarios fomentaban un clima social de amplia incertidumbre, de tensión, de miedo; se estaba creando el escenario para abrirle la puerta a las políticas neoliberales que convenían a sus propios intereses.
Y si creemos que este análisis peca de “conspirativo”, lo único que tenemos que hacer es, simplemente, recordar que después del golpe de Estado económico contra Alfonsín el gobierno de Menem nombró como ministro de Economía a Miguel Ángel Roig, y posteriormente a Néstor Rapanelli, ambos altos directivos de la cerealera Bunge y Born.
Por supuesto, completó su gobierno con los banqueros acreedores de la deuda externa que llevaron al país a las salvajes privatizaciones en su propio beneficio.
¿Hace falta explicar algo más?
Ahora bien, ¿esto significa que el gobierno de Alfonsín o este gobierno hicieron todo bien o no se equivocaron en determinadas decisiones? Obviamente, no. Pero los ataques especulativos no son contra los errores, sino contra los aciertos. Y es muy fácil observar cómo se tergiversan los hechos para mostrar la realidad cambiada.
La plana mayor de los grandes titulares se enfoca permanentemente en los errores, y los logros ocupan las columnas más pequeñas del interior de los diarios.
Alguien podrá decir, y con razón, que el contexto era diferente porque en el mandato de Alfonsín los precios de los productos primarios estaban por el suelo, el peso de la deuda externa era insoportable y las tasas de interés estaban altísimas. Precisamente por esa razón el
horizonte de hoy no es, o no debería ser, el mismo. El sector privado de la economía no está endeudado, los precios de los productos primarios siguen siendo altos, el endeudamiento en moneda extranjera es notoriamente bajo y el sistema bancario tiene solidez.
Entonces, más allá de los desaciertos, es evidente que estamos en una pulseada de “expectativas”. Si hay inflación, algunos buscan que haya hiperinflación. Si la inflación tiende a disminuir, tratan de volverla a resucitar. Si hay problemas de precios, no les alcanza y alientan el desabastecimiento. Quieren imponer su política, pero, básicamente, pretenden una derrota cultural de los que creemos en políticas de inclusión y distribución de la riqueza.
Alfonsín no era “populista”, sino más bien socialdemócrata; sin embargo, lo empujaron a una inflación del mil por ciento y a una caída estrepitosa de los ingresos.
Si dirigimos nuestra mirada a hechos más recientes, específicamente a la pelea contra los fondos buitre, es muy claro ver cómo actúan estos grupos mediáticos hegemónicos para minar la credibilidad de las políticas públicas que cuidan el interés nacional.
Necesitamos tener memoria histórica, ideas claras, aportar propuestas, convicciones nacionales, populares, democráticas y progresistas muy firmes y profundas. Sobre todo, coraje para decir –porque no queremos una nueva derrota cultural a manos del neoliberalismo– lo que hay que corregir, pero también, sin especulación, lo que se hizo bien. Y tratar de que nuestra voz sea escuchada cada vez por un número mayor de argentinos, para que no se dejen engañar, otra vez, por un entramado mediático que sólo apunta a la destrucción para lograr su objetivo: aumentar sus ganancias y beneficios sin compromiso ni ética por los intereses de la Patria.
(*) Político argentino. Titular del Movimiento Nacional Alfonsinista.
Volanta, titulo y bajada: El rol decisivo de la Argentina para la democracia latinoamericana/ Caras registradas /Sobre el final del gobierno de Raúl Alfonsín, los medios fomentaron la incertidumbre, el caos y el temor. Luego llegó el golpe de mercado y le abrió las puertas al neoliberalismo. ¿Sus operadores? Los mismos grupos concentrados que hoy buscan que los derechos sigan siendo patrimonio de unos pocos.
Fuente: http://sedici.unlp.edu.ar/bitstream/handle
Nota: Sólo se precisa el año de publicación: 2015.
