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EL PRESIDENTE QUE NO FUE
Murió Fernando de la Rúa, el hombre que presidió la Argentina cuando la Argentina estalló en sus manos por seguir la política menemista en lugar de hacer lo contrario, como había prometido, razón de su victoria electoral en 1999. Murió a los 81 años, el 9 de julio de 2019, enfermo y olvidado. Sufría problemas coronarios.
Por El Editor
Pese a su condición de máximo jefe de la República en el gobierno de la Alianza compartido con el Frente Grande, Fernando de la Rúa, que acaba de fallecer, fue absuelto en el juicio por las consecuencias de la criminal represión policial en las jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001, en las que terminaría huyendo en helicóptero, después de presentar su renuncia.
Aprendió de joven el dominio de la formalidad y la postura y sus pasos por el Congreso de la Nación y por el gobierno mismo de la ciudad autónoma de Buenos Aires estuvo a tono con su sueño de ser Presidente de la Nación. Pero la administración desde el máximo cargo de la República fue una desmesura de sus pretensiones, no fue el Presidente que creyó que podía ser y lo ratificó con su fuga en pleno incendio para entrar en el olvido y esperar la muerte.
Anunció su fallecimiento el presidente Mauricio Macri, con palabras de circunstancias por twitter. A esa altura del gobierno de Macri ya se hacían especulaciones acerca de cómo sería su final, si bien a diferencia con De la Rúa, el no engañó a nadie acerca de lo que podía esperarse de él.
De la Rúa, en campaña electoral contra el bonaerense Eduardo Duhalde, parecía el candidato que enterraría al menemismo cuando fue su continuador.
Radical de cuño fue senador nacional en 1973 por Córdoba y el 23 de septiembre de ese año acompaño la fórmula que encabezaba Ricardo Balbín en las elecciones presidenciales que ganaría Juan D. Perón con el 62 por ciento de los votos.
En 1982, tras la derrota militar en las Islas Malvinas, se abrió el proceso de retorno a las urnas que tuvo a los principales partidos políticos insertos en sus propias pujas por als candidaturas presidenciales.
En el caso del radicalismo fue entre Raúl Alfonsín, una destacado emergente en ese capítulo, derrotado en 1973 por Ricardo Balbín que, diez años después, venció categóricamente a De la Rúa, quien volvió a ser senador nacional.
Después, el 30 de octubre, Alfonsín venció al candidato peronista Italo Argentino Luder, ex senador nacional diez años antes, coincidente con un joven De la Rúa.
En 1991, De la Rúa tenía otro perfil generado en buena medida por el desgastante gobierno de Alfonsín –blanco de los factores de poder que alfombraron el camino de Carlos Menem- y fue presidente del bloque de Diputados en el que debutó con una impericia grosera en el escándalo del diputrucho porque teminó siendo funcional a la maniobra delictiva del oficialismo, en el que tuvieron gran papel, por ausencia de la oposición, los periodistas, incluso al margen de sus respectivos medios.
Volvió al Senado y vio pasar la reforma consitucional de Santa Fe y en buena medida la sanción de la constitución de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, de la que fue su conductor sin sobresaltos, lo cual lo llevaría a la presidencia de la Nación.
Su gestión fue un desastre anunciado con el escándalo del descuento del 13 por ciento a los jubilados, defendido por su ministra de Trabajo, Patricia Bullrich y el escándalo por pago de coimas en el Senado de la Nación, con la llamada ley de flexibilización laboral reclamadap or el FMI, lo cual generó la estruendosa renuncia de su vicepresidente, Chacho Alvarez.
Después vino el blindaje –un crédito de 40 mil millones de dólares-, el fracaso asumido del ministro de Economía, José Luis Machinea; el fracaso no asumido del economista Ricardo López Murphy, y el delirio de Domingo Cavallo que vino con el corralito y encendió la mecha y explotó el país.
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